No recuerdo su nombre, ni lo quiero recordar, pero considero, ciertamente, que es necesario traer su memoria a terreno próximo para poder recordarlo como era y no como se supone que fue, para irme tranquilo, pocos días antes de que se acabe el mundo, darnos cuenta de la falta que nos hizo unos días más con él y su silencio.
Hasta cuando aplaudía sonaba como una nota fúnebre, el chasquido que producía con su lengua cuando estaba incómodo o molesto destrozaba el ambiente, creando un aura tan triste como la única mirada que se permitía regalar. Su espalda estaba maltrecha por años de mirar el suelo directamente, encorvado, sin siquiera procurar evitar los obstáculos del camino, solo tratando de buscar un camino en el trazado de la calle, un camino que nadie le marcó, por reticencia a acercar sus pasos con los de él... se enfrentaba así, en silencio, a la soledad, soledad que ya no recordaba como empezó, ni cuando ni donde.
Si tenía un punto bueno, ese era su voz, que sonaba como la imposibilidad de rasgar el silencio, fluía entre los compases del mundo, como un espacio ajeno, intocable, irreductible, era y sería escuchado, por bajo que fuese el volumen, por alto que sonaran las radios, las bocinas, los gritos, los televisores, los parlantes. Su voz era una caricia, una caricia que daba tan poco a la vida, como el aprecio que le tenía, tan callado que era, tanta falta que le hacía al mundo su voz,...
Hasta cuando aplaudía sonaba como una nota fúnebre, el chasquido que producía con su lengua cuando estaba incómodo o molesto destrozaba el ambiente, creando un aura tan triste como la única mirada que se permitía regalar. Su espalda estaba maltrecha por años de mirar el suelo directamente, encorvado, sin siquiera procurar evitar los obstáculos del camino, solo tratando de buscar un camino en el trazado de la calle, un camino que nadie le marcó, por reticencia a acercar sus pasos con los de él... se enfrentaba así, en silencio, a la soledad, soledad que ya no recordaba como empezó, ni cuando ni donde.
Si tenía un punto bueno, ese era su voz, que sonaba como la imposibilidad de rasgar el silencio, fluía entre los compases del mundo, como un espacio ajeno, intocable, irreductible, era y sería escuchado, por bajo que fuese el volumen, por alto que sonaran las radios, las bocinas, los gritos, los televisores, los parlantes. Su voz era una caricia, una caricia que daba tan poco a la vida, como el aprecio que le tenía, tan callado que era, tanta falta que le hacía al mundo su voz,...
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