jueves, 29 de noviembre de 2012

Reflejos

Era invierno de fríos sueños, en una ciudad de la que no recuerdo el nombre, y allí estaba él, él vivía, si se puede, sin sueños, por esto sentía aun más la helada, bueno, también por tener hogar, pero jamás poseer una casa. Él erraba por la ciudad, se escondía en las sombras y se alimentaba en la esperanza sin sueño, moría de frío en esos momentos, más frío, y buscaba comida y abrigo en los callejones que cumplían ciertos requisitos, pues, como a cualquiera, era selectivo dentro de sus posibilidades. Le gustaba la noche, para caminar por la parte más vacía y silenciosa de la ciudad, donde nadie lo fuera a molestar, aunque en inviernos como este le era imperante, necesario, obligatorio y absolutamente irreductible irse a la parte luminosa de la ciudad, para lo que tenía que cruzar un puente que unía ambas partes.
Y, ese día, se cayó y calló para siempre, lo encontró un tipo que siguiendo su instinto y el ladrido de unos perros, eternos compañeros de él, lo halló ya sin ningún sueño en esa cabeza suya. Nadie quedó indiferente, quizá porque veían un reflejo de sí mismos, o tal vez por su rostro de caminante desconocido y de esperanzado sin esperanza, que le daba cierto aire, aire de familiaridad, pues todos ellos se parecen, quizá por la barba enmarañada, o por la falta de un traje para la ocasión. Todos los asistentes nos apropiamos del momento, guardábamos la silente idea común como tesoro preciado, como sintiendo la amenaza muda de la pena de muerte para el que rompiera el silencio, todos guardando un sentimiento de parentesco al que estaba ahí  recostado, pero ninguno atreviéndose a compartir su destino, mirando con respeto y temor al centro de la habitación.
Importante es ahora decir que su velorio no tenía sentido estético, sino más bien lleno de un trasfondo que todos comprendían pero que nadie se atrevía a colocar en palabras, con un aire que en cada suspiro dejaba un leve sabor a anís en la boca del que asistía, Ese día se paro la ciudad, hubo luto y banderas a media asta, nadie quería romper la atmósfera que se vivía en la ciudad, nadie alzó la voz, fue a trabajar, de hecho, nadie salió de sus casas para ir a otro lugar que no fuera el lugar donde él esperaba que lo llevasen a descansar.

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