martes, 28 de junio de 2011

Carta a una Desconocida 3

No me dices nada, desconocida, pero creo que este no es el correcto comienzo para dar a una carta, una carta debería empezar rezando: "Querida Desconocida: ..." y toda esa palabrería que es casi erótica para la gente que siente el placer de la correcta organización, lamentablemente (o quizá gratamente) y como podrán haber intuido, yo no soy una de esas personas. De todas maneras, debo darle partida a la asociación de caracteres que les contará el porque de aquella misma asociación ya nombrada. En entonces...
Desconocida de mis ojos, dulce creación teórica de un amor alocado, entre dos locos, uno que soy yo, con todo el egoísmo que esa auto-nominación me da, y la otra (ración leve de alteridad), una loca que se desconoce, se teme y se pierde, perdiéndose también para mi, perdiéndome yo en sus ideas algo abstractas, para un hombre que no entiende de metáforas ni de ilusiones. O quizá sea por el contrario, se oculta ante mi total entendimiento, el temor de ser descubierto en mí mismo, en ti misma, que me tienes tomado de las manos sin dejarme escapar, con la respiración y el sudor frío de una exposición tan deseada como extraña. En tus desconocidos brazos me puedes abrazar, me puedes elevar, me dejas llevar las riendas de vuelos perdidos, de vagabundeo. Errante arlequín, juglar, catador de labios detenido en los que están lejos de su conocimiento y su razón hasta que los vea de nuevo y los bese con pasión. Eres la "otra" fuera de mi, solo lo sé, no preguntes porqué. Debo irme, déjame un número, me dejas un uno, por ser el único tan conocido en su desconocimiento del mundo, no conozco a nadie, pero siempre lo he hecho con ella. Adiós, que se viene el rayo, adiós que se viene el tren, adiós, bésame y duerme bien,
Solo Santiago

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