La sonrisa pícara del vendedor de flores dice mucho de sus
necesidades y búsquedas, de sus pasos y sus direcciones, tantos lugares donde
depositar su alma, pero se lo da a ella en un girasol, siguiéndola sin importar
la estación, pero cuando se va a sentar, el respaldo de la silla le hace un
masaje en la espalda mientras le cuenta una historia de misterio y posibilidad,
pero a la vez le trae de golpe el recuerdo y la historia del distraído. La
floristería sigue despierta a la medianoche, abierta a la venta de las flores
lunares, y con el jardinero atento al lunar de su cara, como una marca que va invitando
a la posibilidad, no le corta una rosa,
le lleva el rosal, al que la acompaña le da consejos de amor y le cuenta con manzanas cómo sacarle veneno a la
flor, para el amor no correspondido,
para el amor por saciar, tras la inseguridad, el florero puede ser una
probabilidad, tras el descanso, la flor se retuerce sin agua ni cariño de
quebranto, florece tu amor en un vaso de agua, entre la tormenta, surge como la
calma, en tiempos difíciles, al filo del invierno, el verde tiene su asidero
dentro de la distancia, se aleja, vuelve cuando la noche dure lo mismo que el
día y viento traiga la vida, el otoño de sus días, descansando tranquilo, en el frío de las palabras las flores encuentran calma, en la voz cariñosa que las trata, el verde asoma como la vida color de rosas, de alelí, de lirio, de flor de calabaza, crisantemo y de flor de la nieve, cenicienta, preciosa, perdida, como la risa del que les embebe las miradas distantes, cada una con su historia, cada cual con su talante... el frío sigue calando los huesos, callando las flores, dejando solamente botones prontos a ser llamados cariños y pasiones, despedidas y golpes...
El jarrón de la sala tiene el agua por la detención del viento y la flor mancillada por el tiempo... la voz que la abrazaba ya no la escucha y el calor de la estancia no existe...
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