La tristeza de escuchar, a lo lejos,
como amaina la lluvia que caía,
se va apagando de a poco el sonido,
fuerte, raudo, al comienzo,
lento, triste y aun más melancólico,
cuando ya queda poco de su encanto,
la nostalgia del sonido, sublime,
tan inspirador mientras dura,
avasalladora tristeza de la ida,
la pena negra brota de las calles,
fluyendo esta noche en fiel recuerdo,
necesidad de perderme un momento,
el velo que a la vista limita,
obligando caminar a tientas,
saltar de charco en charco,
caminando rápido para estar seco,
estar lleno de culpas, pero libre el cuerpo.
Prefiero dormir, debo decir,
arrullado por su acento embriagador,
aquel nacido del suave golpeteo,
que oír su declinación y su partida.
Ahora con el pecho apretado,
en agónica señal de despedida,
espero la próxima lluvia, mirando el cielo,
quizá la luna me sane esta tristeza,
trayendo, imponente, su reflejo,
a cada charco, a cada espejo,
a mi ventana, para poder estar solo,
para sentirme pleno,
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